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El caso que originó estas notas fue una marca de mermeladas en Lima con seis sabores en anaquel y una sola etiqueta base. La dueña quería que cada frasco se distinguiera de un vistazo sin que la familia pareciera un surtido de marcas distintas. Ese equilibrio entre variedad y unidad es, casi siempre, un problema de color antes que de ilustración.
Empezamos imprimiendo planillas de prueba sobre la misma cartulina kraft que usaría el taller. Los rojos bermellón y los azules cobalto se comportan de forma muy distinta ahí: el bermellón pierde saturación y tira a terracota, mientras el cobalto se oscurece y gana peso visual. Ninguno de los dos se ve igual que en pantalla, y eso obliga a corregir la paleta antes de aprobar cualquier arte final.
La temperatura del color también pesa en la lectura del sabor. Un rojo cálido sugiere fresa o ají; un rojo frío, en cambio, se lee como cereza o granada. En el caso de las mermeladas, movimos apenas unos grados el matiz de cada etiqueta y el público empezó a asociar el color con el sabor sin necesidad de leer el nombre completo. No es magia: es costumbre visual acumulada.
Sobre contraste, la regla mínima que aplicamos fue simple: cualquier texto obligatorio del envase debe sostener una relación de contraste suficiente contra su fondo, incluso bajo luz cálida de mercado. Los focos amarillos del puesto bajan la percepción del azul y suben la del amarillo, así que las combinaciones que funcionan en el estudio pueden desaparecer en la feria. Probar la etiqueta en el lugar real de venta ahorra correcciones costosas.
El daltonismo merece una línea aparte. Alrededor de uno de cada doce hombres tiene alguna forma de deficiencia en la visión del color, y la mayoría de las paletas de empaque se diseñan como si eso no existiera. Para no depender solo del matiz, añadimos un recurso de forma: cada sabor lleva una pequeña marca distinta en la esquina inferior, y el nombre va siempre en la misma tipografía sans neutra, sin adornos, para que la información obligatoria se lea igual para todos.
La tipografía sans neutra cumple una función concreta aquí: no compite con el color y aguanta bien la impresión flexográfica, que tiende a engrosar los trazos finos. Una serif humanista queda mejor en el logotipo o en la contraetiqueta, donde hay más espacio y menos exigencia de legibilidad a distancia.
Antes de mandar el arte a producción, conviene revisar tres cosas que suelen pasar desapercibidas: que el perfil de color coincida con el de la imprenta, que las muestras físicas se hayan aprobado bajo luz de día y bajo luz de tienda, y que las variantes de sabor se distingan también en una foto pequeña de catálogo. Si el color solo funciona en el mockup grande, todavía no está listo.
Si estás armando una línea de empaques y quieres una segunda mirada sobre la paleta, revisa primero los criterios de nuestros servicios editoriales o escríbenos desde la página de contacto con las muestras escaneadas.
Editora de taller y docente de identidad visual
Lleva más de una década corrigiendo artes finales entre imprentas de Lima y talleres de barrio. Escribe esta bitácora desde la mesa de trabajo: pruebas de color sobre kraft, retículas dibujadas a lápiz y muestras tipográficas que casi nunca salen bien a la primera. Acompaña a estudiantes y diseñadores junior en la parte que no se enseña en clase: medir, probar y volver a imprimir antes de aprobar un archivo.
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